EL CANTO GREGORIANO EN EL RIO DE LA PLATA

Desde que el primer misionero español puso pie en las pampas y le fue dado cantar la misa ante criollos y amerindios, el gregoriano se hizo parte de la historia de las naciones del Plata. Entonces, se le conocía como canto llano, y no era otra cosa que el de la medicaea que llenaba los misales de la época.

La primera referencia a la tradición gregoriana en tierras orientales se remonta a 1824, año en que llegó al Río de la Plata la Misión Apostólica Muzi, integrada por Giovanni Mastai Ferretti, luego elevado al papado con el nombre de Pío IX. El secretario de la misma, José Sallusti, autor de una crónica aparecida tres años después en Roma con el nombre de Storia, da cuenta que “en un pequeño pueblo de indios llamado Durazno” se celebraba misa “con el canto gregoriano muy bien entonado” por los propios indígenas. A lo que el cronista agrega: “como si estuviesen todavía bajo el régimen de aquellos buenos Directores de la Compañía que los habían instruido”[1]. Desde luego, estos cantores no eran sino los guaraníes provenientes de los pueblos misioneros del norte que, en su diáspora tras la expulsión de la Compañía de Jesús de España y los territorios de ultramar en 1767, se establecieron en importante número en la zona central de la Banda Oriental. Y el gregoriano que podían entonar, era parte del lenguaje religioso que habían aprendido, no más arte que la liturgia en la cual estaba engarzado y vivían de manera espontánea.

Sobre finales del siglo XIX la Argentina y el Uruguay no fueron indiferentes a las investigaciones llevadas adelante por los monjes de Solesmes. En los medios católicos de la región, el gregoriano restaurado se abría camino, siguiendo las directivas del motu proprio de S. Pío X antes mencionado, y particularmente gracias a la enorme difusión del Liber Usualis Missae et Officii (1903), verdadero vademécum por contener las piezas de las misas y oficios de los domingos y fiestas del año, con el agregado de un sistema rítmico para ejecutarlas, desarrollado y difundido por dom André Mocquereau (1849-1930).

Este movimiento litúrgico, asimismo se vio favorecido por la fundación en 1914 de la Abadía de San Benito de Buenos Aires, por monjes de la Abadía de Santo Domingo de Silos (España). En efecto, su I Abad P. Andrés Azcárate (1891- 1981), a más de promover la práctica esmerada del canto gregoriano entre sus monjes, propició el dictado de innumerables sesiones y cursos, la creación de coros y la publicación de revistas y subsidios, siendo autor él mismo de obras como Rudimentos de canto gregoriano, y sobre todo La flor de la Liturgia, aparecidas en Buenos Aires en 1932, que ganaron amplia difusión en el Río de la Plata y toda Hispanoamérica.

El paulatino desplazamiento del latín del ámbito del culto, fenómeno que se dio desde mediados de los ’60 a escala planetaria, no impidió que hoy estas melodías sean el lenguaje litúrgico propio de ciertas comunidades religiosas, principal móvil de instituciones y agrupaciones de laicos que las ponen en práctica en el templo como fuera de él, materia de estudio de las universidades, afición en fin, de espíritus sensibles, trascendente a toda frontera de confesionalidad. No ha de llamar la atención, ateniéndonos a su mismo doble objetivo, que es el de toda música sagrada: la gloria de Dios y la santificación de los hombres[2].

Instrumento y símbolo a la vez, usus y ars, el canto gregoriano con belleza inmarcesible  expresa el amor que Dios nos tiene y el nuestro propio hacia Él. Y esto, en medio de este tiempo surcado por el ruido, más que un bálsamo, constituye un verdadero anticipo.

Enrique Merello Guilleminot

Oblato Benedictino

[1] Citado por Guillermo FURLONG, La Misión Muzi en Montevideo (1824-1825), “Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay”, t. XIII, Montevideo, 1937, p. 253.
 [2]Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 112.

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