EN BUSCA DEL GREGORIANO PERDIDO

Paradójicamente, la estabilización por escrito del gregoriano acompañó su paulatino retroceso. El afán por precisar los intervalos musicales, fundamentales a la ciencia nueva que iba abriéndose paso, la polifonía, supuso un corte en la tradición oral, sobre todo en lo relativo a los aspectos más específicos de su expresión.

Material de trabajo para los compositores de las primeras formas musicales a varias voces simultáneas, del repertorio gregoriano no quedó luego sino un recuerdo de su grandeza descarnada y contundente. Cuando la Contrarreforma (Concilio de Trento), Roma, cautivada por el nuevo género musical entonces en pleno apogeo, somete estas melodías a revisión -según el gusto del momento- y las hace imprimir entre 1614 y 1615, en una edición patrocinada por el cardenal de Médicis. Era un “arreglo”, en el cual no se dudó en cercenar los extensos melismas[1] en el entonces incomprensibles. El canto gregoriano, a espaldas de algo que muy poco tenía que ver con ello, quedó olvidado bajo el polvo de  los viejos códices de las bibliotecas de monasterios y universidades, a la sombra del barroco musical, de Bach, de Mozart y Beethoven…

Con la restauración en 1833 del monasterio de Saint-Pierre de Solesmes, en Francia, la historia de este lenguaje musical es la de su paulatina restauración en todo el universo cristiano. Fue dom Prósper Guéranger (1805-1875) quien decide adquirir lo que quedaba tras la Revolución, de ese antiguo priorato benedictino fundado en el 1010, enterado de que su propietario tenía intenciones de terminar de echarlo abajo. Con sus edificios, la restauración de Solesmes fue también la de la vida monástica en el lugar, y del repertorio litúrgico tradicional de la Iglesia católica romana.

Dom Guéranger enseguida encomienda a sus monjes a rezar cantando, en conformidad a la más pura tradición en la materia y más allá de las fuentes que ofrecían solamente “una sucesión pesada y agotadora de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”[2]. Por esa época los signos con los que se registraron las melodías gregorianas, llamados neumas[3] resultaban incomprensibles. Fue dom Joseph Pothier (1835-1923), quien emprendió el análisis de las piezas, sobre la base del precioso códice Saint-Gall 359 del siglo X  descubierto por el Lambilotte en 1849 y publicado dos años después. Convencido de la permanencia de la tradición oral, el estudio comparado de los antiguos libros de canto permitió a dom Pothier, como un verdadero “Champollion de los neumas”, decodificar esa otra suerte de jeroglíficos con los que los notadores de más de mil años atrás fijaron las melodías para cantarle a Dios, permitiendo pronto ejecutarlas con buen nivel de fidelidad. La invención y posterior desarrollo de la técnica fotográfica fue una ayuda inestimable a este propósito.

Aún así, en 1873 una nueva edición derivada de aquella medicaea aparecida en el Renacimiento, es aprobada por Roma  como versión oficial. Esto hacía que hubiese un gregoriano “genuino” y canónico, y otro verdaderamente auténtico sostenido por el concurso de distintas ramas de la ciencia (y en especial la paleografía musical), el gregoriano histórico extraído de los documentos. Primero fue León XIII y luego, a poco de asumir la sede de S. Pedro, fue S. Pío X, quienes comenzaron a revertir esta situación. El motu proprio Tra le sollecitudini[4] de este último, lo calificó como “modelo perfecto” para cualquier otra forma de música católica dedicada al culto, avalando las investigaciones musicológicas sobre el fondo melódico antiguo emprendidas por Solesmes y promoviendo en fin, una edición definitiva, la actual vaticana, cuyos libros principales verán la luz antes de la Gran Guerra.

En la misma línea, el concilio Vaticano II reconoció el gregoriano como “el canto propio de la liturgia romana”[5], definición que contrariamente a lo que a veces se acepta y presenta como objeción a este repertorio, no genera dificultad por cuanto el latín, el de la Biblia Vulgata Latinade S. Jerónimo y del canto gregoriano, lejos de abolirse, fue definido como la lengua litúrgica de la Iglesia católica.

Proceso en marcha que involucra nuevas ciencias como la semiología gregoriana, surgida por el genio de otro monje benedictino, dom Eugène Cardine (1905-1988), este repertorio empero se podrá considerar plenamente restaurado cuando la apoyatura de la práctica ritual le restituya en su lugar histórico, de manera viva y habitual, derecho y necesidad que ha sido reconocido y exaltado por las autoridades de la Iglesia en fechas recientes[6].


[1]Fragmentos de música pura sobre una sola vocal, que paulatinamente se fueron incorporando al solo texto cantado.
[2]Cf. Dom Prosper GUÉRANGER, Carta de aprobación al Méthode raisonnée de plaint-chant de A.-M. Gontier, Le Mans, 1859, p. XII, citado por dom Daniel SAULNER, Le chant grégorien, Centre Culturel de l’Ouest, 1995, p. 10.
[3]“Signo” o también “aire”, en el sentido de espíritu de los sonidos representados, según las dos etimologías posibles.
[4] Cf. PIO X, motu propio Tra le sollecitudini, II (22 de noviembre de 1903).
[5] Cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 116 (4 de diciembre de 1963).
[6]Cf. BENEDICTO XVI, exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, 42 (22 de febrero de 2007). En este documento, el Santo Padre tras referirse a la introducción de géneros inapropiados al culto y a la improvisación musical tan fácil de constatar en diferentes lugares, manifiesta: “deseo que, como los padres sinodales lo han demandado, el canto gregoriano en tanto que propio de la liturgia romana, sea valorizado de manera apropiada”.

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