VOCACIÓN MONÁSTICA

No existe apostolado tan fecundo como el de la oración, conforme lo testifica la tradición unánime de la Iglesia comenzando por el ejemplo de los mismos Apóstoles hasta las declaraciones más recientes de los Papas. El apostolado exterior no tiene eficacia, sino en la medida en que es alimentado por la oración. Por eso la Iglesia defiende obstinadamente estas grandes reservas de oración que constituyen los monasterios.

La razón esencial de ser del mundo, según la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia, es la manifestación de la gloria de Dios; de donde se sigue, por vía de consecuencia, que la función primaria del hombre es la de alabar a Dios. Pero, no pudiendo la inmensa mayoría del género humano satisfacer esta obligación debido a las exigencias de la vida cotidiana, exige el honor de la humanidad y es indispensable para la armonía del mundo, que un cierto número de individuos esté especialmente encargado de esta misión y que, vacíos de las preocupaciones materiales, la cumplan con toda la perfección de que son capaces.

Los benedictinos fueron y siguen siendo los más urbanos para con Dios, porque fueron los que con esmero delicado cuidaron ante todo del culto divino, de cuanto a él decía referencia.

Decía San Juan Pablo II: ¡Y vosotros, monjes benedictinos, mantened viva vuestra espiritualidad, vuestra contemplación mística unida al trabajo, entendido como servicio a Dios y a los hermanos! Vuestra alegría íntima sea la alabanza a Dios por medio de la fuerte y dulce lengua latina y de las sublimes y purificadoras melodías gregorianas. Servid de ejemplo al mundo con vuestro trabajo en el silencio y en la humilde obediencia.

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