VIDA

Entre las obras del gran papa San Gregorio Magno (540-604 dC) -uno de los Padres de la Iglesia occidental- se halla el Libro de los Diálogos. En este libro Gregorio relata la vida de varios santos de la península itálica venerados en su época. El segundo capítulo de su obra lo dedica enteramente a San Benito, nacido en Nursia (Umbria, Italia) hacia el año 480 dC. San Gregorio Magno pudo informarse sobre la vida del monje y abad Benito a través de varios de sus discípulos directos.

Siendo Benito un joven estudiante en Roma, decide cambiar radicalmente su vida haciéndose monje. Hacia el fin del siglo V el mundo estaba perturbado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el final del Imperio Romano, por la invasión de otros pueblos y por la decadencia de las costumbres. En esta noche oscura de la historia, San Benito fue un astro luminoso.

Dotado de una profunda sensibilidad humana, San Benito en su proyecto de reforma de la sociedad miró sobre todo al hombre, siguiendo tres líneas directivas:
— el valor del hombre individual. como persona;
— la dignidad del trabajo, entendido como servicio a Dios y a los hermanos;
— la necesidad de la contemplación, o sea, de la oración: habiendo comprendido que Dios es el Absoluto, y que vivimos en el Absoluto, el alma de todo debe ser la oración: Ut in omnibus glorificetur Deus (Regla).

Al inicio de su nueva forma de vida, Benito habita en una cueva de la región montañosa de Subiaco, lugar donde más tarde establecerá varios monasterios con numerosos discípulos. Finalmente se traslada a la región de Montecassino, donde funda un nuevo y célebre monasterio, en el cual reside hasta su muerte. Allí crece su irradiación espiritual, y escribe la conocida Regla de los monjes (Regula monachorum) que a lo largo de los siglos tendría amplísima difusión. El abad Benito muere santamente rodeado de sus discípulos alrededor del año 547 dC. San Gregorio en sus célebres Diálogos (Migne, PL 66, 125-204), en los que narra la vida de San Benito, escribe que «habitó solo consigo mismo, bajo los ojos de quien nos mira desde lo alto: solus superni spectatoris ocuiis habitavit secum (Lib. II, c. III).

Fue un hombre representativo y verdadero gigante de la historia, San Benito es grande no sólo por su santidad, sino también por su inteligencia y actividad, que supieron dar un nuevo curso a los acontecimientos de la historia.

Por esto, en síntesis, se puede decir que el mensaje de San Benito es una invitación a la interioridad. El hombre debe ante todo entrar en sí mismo, debe conocerse profundamente, debe descubrir dentro de sí el aliento de Dios y las huellas del Absoluto. El carácter teocéntrico y litúrgico de la reforma social, propugnada por San Benito, parece calcar la célebre exhortación de San Agustín: Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas (Vera relig., 39, 72). Escuchemos la voz de San Benito: de la soledad interior, del silencio contemplativo, de la victoria sobre el rumor del mundo exterior, de este «habitar consigo mismo», nace el diálogo consigo y con Dios, que lleva hacia las cumbres de la ascética y la mística.

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