CONCLUSIÓN

Hemos esbozado muy rápidamente algunos puntos de contacto entre la espiritualidad monástica y el misterio de María. Ciertamente no son los únicos sino que quedan sin tratar otros temas importantes. En todo caso, para nuestro propósito, la imagen evangélica de María, la Virgen, la humilde, la obediente, la que ora, la que espera, es una figura demasiado próxima al ideal monástico de los primeros monjes para que no nos sea lícito pensar en una espiritualidad mariana implícita, más vivida que formulada.

El monje de los primeros siglos tuvo, sin duda, la gracia de saber escuchar, y sabemosqué importante es para el monje saber escuchar 14 . Y María hablaba. Hablaba muy en secreto, casi con su sola presencia, como en el Evangelio. El monacato de los primeros tiempos tuvo el mérito enorme de descubrir con su sensibilidad espiritual, la primer parte del diálogo. Luego, poco a poco a poco, se entabla la segunda: los monjes comienzan a hablar a María y, en consecuencia, a hablar de María. Diálogo fructuoso que ha marcado jalones en la historia de los monjes, y de la Iglesia.

Los tiempos de San Bernardo, evidentemente, han pasado. Hoy se siente o presiente en muchas partes una seria dificultad para valorar el diálogo con María. No es ningún secreto que la devoción espontánea y alegre hacia la Madre de Dios está como limitada o frenada. Muchas razones se podrían aducir para explicar este hecho, pero nos limitamos aquí a arriesgar una sola, como hipótesis. ¿No se habrá debilitado, acaso, la segunda parte del diálogo, justamente porque se está extinguiendo la primer parte del mismo? En un tiempo que debería ser de renovación, uno de los modos de vivificar la vida monástica podría ser el de retomar el diálogo con María como lo hicieron nuestros Padres, comenzando por escuchar existencialmente su voz.

La desubicación, esa gran enfermedad contagiosa de nuestro tiempo que invade todos los campos de la actividad humana, puede haber alcanzado en cierta medida la vida monástica. María, de un modo muy suave pero muy firme, le enseña al monje de hoy, como al de siempre, a estar en su lugar. Uno de los escasísimos apotegmas del desierto que nos habla de María resume en pocas palabras todo lo que querría decir este artículo:

“El abad Poimén fue un día sorprendido en éxtasis. Vuelto en sí, se le preguntó dónde había estado: ‘Mi espíritu estaba allí, donde la santísima Virgen la theotokos, estaba de pie llorando junto a la cruz. Y yo quisiera siempre llorar así’ ” 15 .

Para el monje, quizás el comienzo de una devoción seria a María, no consista, pues, en largas oraciones dirigidas en su honor o, menos aún, en hablar mucho de ella, sino en esforzarse por identificarse con esa “cualidad” que determinó su vocación, por seguir su camino hecho de humildad, de silencio, de obediencia, de oración, de esperanza. De una esperanza que se abre al Amor.

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