ENCUENTRO

Al querer establecer la existencia de una relación especial entre la vida monástica y el misterio de María nos referiremos sólo a algunos aspectos de ambos. Lo que nos importa es descubrir si realmente se da un encuentro profundo, no superficial, un verdadero encuentro, no una mera coincidencia. Este encuentro no tendrá que buscarse en el fin último que es la caridad, y que es común a toda vida cristiana sin excepción, sino en los medios de llegar a ella, o si se quiere, en los fines intermedios, específicos de la vocación monástica. Veamos, pues, algunos de los grandes temas, casi lugares comunes en los escritos de los autores monásticos de los primeros tiempos, para descubrir su paralelo en María.

a) Anunciación

La Regla benedictina se abre con una perspectiva de obediencia. Para san Benito, el monje se realiza, como diríamos hoy, por la obediencia. Obediencia al abad, al hermano, a la Regla, a la tradición, a la Iglesia, en definitiva siempre obediencia al Padre. Como la de Cristo. En esto, la Regla es una codificación y un eco de la doctrina monástica anterior. Hasta en la vida eremítica, la obediencia del discípulo al padre espiritual es considerada como algo esencial. En el monacato antiguo, la obediencia es como un constitutivo de la vuelta a Dios. El monje nace a la vida monástica con un acto de obediencia, por un acto de obediencia. Acepta con gozo la voluntad de Dios con un acto generosamente indefinido que, a lo largo de los años, tendrá que concretar con una aceptación constante.

En toda vocación cristiana existe el misterio de la obediencia. Pero reconozcamos que ésta tiene un papel muy especial en la vida monástica: la realiza, la constituye, la penetra, le confiere su grandeza, la ilumina. Y cuando falta, su ausencia la corroe, la destruye, y deja sólo una caricatura que tarde o temprano se desvanece.

La obediencia monástica es, evidentemente, un modo de imitar el ejemplo común a todos los hombres: la obediencia de Cristo. Pero quizás se puede decir que ese modo sea la obediencia de Cristo mirada a través del prisma de María.

El Evangelio nos muestra a María en el momento culminante en el que Dios la eleva a la dignidad de Madre del Salvador, como a alguien que tiene el valor de decirle “sí” a Dios, un “sí” absoluto. Parece que se nos dijera con su ejemplo vivo que lo más grande, lo más maravilloso del universo consiste en dejar que la voluntad de Dios penetre en el alma. La vocación propia de María se resume en un sí, se realiza en un sí, un sí misteriosamente indefinido que acepta la vocación, el llamado de Dios hasta las últimas consecuencias, hasta su presencia en la cruz y el encuentro nuevo de la Resurrección. Es su modo de realizar en sí la obediencia de Cristo. Es su modo de entrar en el misterio de la Redención. Es su misión especialísima y su secreto.

Salvo la diferencia grandísima de profundidad, existe una gran afinidad entre el “fiat” de la Virgen y el “suscipe” del monje. Maravillosa entrega la primera, que se consuma en un instante con la generosidad de un amor incondicionado que no calcula consecuencias; laboriosa donación la del “suscipe” que hay que renovar y volver a renovar a lo largo de un camino árido donde acecha a cada instante una nueva forma de egoísmo. Son distintas las entregas pero se unen misteriosamente en un deseo muy real de ser de Dios, de dejar que la voluntad de Dios penetre hasta lo más profundo del ser.

b) Humildad

“Porque miró la humildad de su esclava”. La misma Santísima Virgen nos declara el secreto de la mirada de Dios: su pobreza, su nada. Sólo es posible acercarse a comprender la vocación de María si se atiende a esa condición previa, a esa preparación del terreno. Don de Dios esta preparación también; siempre Dios está primero. La Santísima Virgen sabe que Dios ha preparado su alma y se lo explica sencillamente a santa Isabel: La humildad de su esclava”.

La humildad de la Virgen no constituye directamente su grandeza. Su grandeza es ser Madre de Dios. Pero su humildad es la preparación inmediata de su maternidad, y la maternidad crece y se desarrolla en ella como una semilla en buena tierra. No nos podríamos imaginar una santísima Virgen que no fuera profundamente, inconmensurablemente humilde, ella, la Madre del manso y humilde de corazón.

El Evangelio no nos narra un acto fundamental de humildad paralelo al de su obediencia, pero nos deja entrever algunos silencios de María que nos hablan de la humildad serena y profunda de su cántico.

Nada más claro en la espiritualidad monástica primitiva que el eco de la humildad de María. Si recordamos el capítulo VII de la Regla de san Benito que, en gran parte está tomado de Casiano, el cual no pretende sino exponer la espiritualidad de los Padres del desierto, tendremos que decir que la humildad es, para la más rancia tradición monástica, la virtud fundamental. Es un programa de vida, lo que da consistencia a la “vida práctica” del monje, y lo que hace que su “vida teórica” no se transforme en algo puramente imaginativo o desaparezca como ideal. Es un programa de vida dolorosamente exigente, y quizás por esto corre siempre el riesgo el de quedar relegado como algo no importante y que no tiene tanta jurisdicción en los pequeños detalles de cada día. Lo cierto es que el monacato primitivo creía firmemente que la humildad debía empapar toda la vida del monje, este sucesor legítimo de los “pobres de Yahwé”. Humilde delante de Dios, como el publicano del Evangelio, humilde delante de los hombre hasta el extremo, nos pinta san Benito la imagen del verdadero monje en su Regla.

La humildad, fundamental para entender el misterio de María, es también fundamental para comprender la vieja concepción de la vida monástica. Una humildad al estilo de María, seria, callada, gozosa, profunda, que se mezcla en las ocupaciones de todos los momentos, que acepta todas las pruebas, que ama como instintivamente el desaparecer en el silencio de la vocación divina. Y que nos lleva hasta las puertas del Amor

e) Vida escondida

El monje, tal como aparece en la Regla de san Benito, es alguien que vive muy intensamente el absoluto de Dios. El último grado de la escala de la humildad nos lo muestra como absorto por el encuentro con la misericordia infinita: Dios le ha ocupado toda su atención, le ha llenado toda su vida. En el monacato naciente esta apertura a Dios es clarísima. Se expresa especialmente por la huida al desierto, que es más una búsqueda del absoluto que el rechazo de algo malo. El monje tiene como un instinto espiritual que lo lleva a la soledad. Su propio carisma, la luz de su vocación, su descubrimiento existencial de Dios le muestran la gran sabiduría que hay en el desaparecer a los ojos del mundo.

El tema del monje que se oculta de la gente y que, hallado, vuelve a escapar a una soledad mayor, se repite incansablemente desde la vida de San Antonio. Ciertamente la insistencia tan marcada en un tema de la literatura monástica quiere decir algo. Nada más extraño a la espiritualidad del desierto como el querer aparecer en público, el querer influir en las multitudes, el querer llamar la atención sobre sí, o el buscar algo que tenga relación con lo que hoy llamamos publicidad, por bueno que sea el fin que se intenta. El “ama nesciri et pro nihilo reputari” de la Imitación no hace sino retomar una ley elementalísima del monacato primitivo.

La soledad física, la falta de contacto con el mundo, es para el monje antiguo, incluso el ermitaño, en cierto modo siempre relativa. Pueden aparecer circunstancias en las que ésta se halla legítimamente muy mitigada. Pero lo que no desvanece nunca es la inclinación profunda al desierto interior, a la vida escondida, no como un desprecio del mundo sino como un elegir a Dios. Esta modalidad, esta forma interior sutil que impregna toda la espiritualidad del monacato primitivo, nos abre una perspectiva sobre la realidad íntima de la vida monástica en relación con el misterio de María.

María no se apartó nunca de la sociedad humana. No se fue al desierto llevada por una vocación especial de Dios. Pero su vocación altísima tenía el sello de lo escondido, de lo sólo abierto hacia Dios. Su vida, tal como la conocemos por el Evangelio, es como una sombra de la vida del Señor. Su vocación, que por su misma esencia se abre a la humanidad entera, se oculta en el secreto de una vida como cualquier vida. El Señor la rodea de la clausura de lo ordinario, de lo diario. Su intervención en la vida del Señor es aparentemente tan pequeña, tan lejana, y, sin embargo, nadie como ella participa de la obra de la Redención. María no predica, no acompaña a su Hijo en sus correrías apostólicas. El Evangelio apenas si nos la muestra alguna vez mezclada con la multitud. María no tiene ninguna actuación resonante. Solamente está presente para acompañar al Señor junto a la cruz. Su misión más importante es la de “ser”, más que la de “hacer” algo por Dios.

Pensemos en la coincidencia profunda de este aspecto de la vocación de María con la de los primeros monjes. Su ideal es el de la vida escondida en Cristo para Dios, el de una vida que se realiza plenamente en el secreto, que no necesita ninguna actividad especial para justificarse, que se consuma velada por ocupaciones aparentemente vulgares pero que, en el fondo, es una participación maravillosa de la Redención del Señor.

d) Oración

Si la vocación a la oración es una vocación universal, también es cierto que la vocación monástica, tal como la concebían los antiguos monjes, puede llamarse específicamente una vocación a la vida de oración. Su desierto, su soledad, su silencio, su vida escondida son otros tantos esfuerzos por ampliar la capacidad del alma para recibir al Señor.

Es difícil concretar en qué consiste específicamente la oración monástica; se corre el riesgo de esquematizar y deformar. Sin embargo se puede intentar descubrir alguno de sus grandes rasgos. La oración del monje, dentro de la variedad grandísima que puede existir, es una oración que quiere ser un encuentro ininterrumpido con el Señor, un caminar en su presencia. Más que una serie de actos que interrumpen otras actividades, la oración monástica aspira a ser un clima de comunión constante en el cual caben, a su tiempo, los momentos expresamente dedicados a la oración y las actividades necesarias del día. ¡Cuántos esfuerzos, cuántas argucias espirituales usaban los antiguos monjes para alcanzar la “apatheia”, la paz espiritual, esa paz que tan justamente ha sido considerada como el tema de los monjes y que es el verdadero clima donde florece la oración de presencia! Este tipo de oración fue tan importante para ellos que puede decirse que fue lo que determinó gran parte de la organización de su vida y de la estructura monástica externa.

¿Tiene este tipo de oración alguna relación con lo que sabemos de la oración de María? Si nos proponemos examinar la oración de la Santísima Virgen, ciertamente que jamás llegaremos a descubrir sus dimensiones. El Evangelio, por su parte, poco nos habla de ella directamente. Sin embargo, algo sabemos. Sabemos que antes de ser Madre de Dios, su oración era una oración de esperanza, y que esa esperanza se transformó en un vivir con el Señor, un vivir que sufre una evolución muy grande. Comienza por la convivencia física, por la cuasi-unidad física del tiempo en el que el Señor habitaba en su seno santísimo. Luego el nacimiento, la infancia, la juventud de su Hijo van alejando y transformando esa convivencia física. Cuando llegan los años de la vida pública, la lejanía es aún mayor, y mayor todavía en la cruz, cuando su Hijo ya no le pertenece. Sin embargo, la “presencia” de María es cada vez más profunda. Su vida y su oración se confunden cada vez más a partir del momento de la anunciación, y se abren a la plena realización de la eternidad. María es llevada al cielo, y la plenitud de su vida se consuma en la oración ininterrumpida de la gloria.

Oración-vida. Esta ecuación que tan maravillosamente se dio en ella, es, en cierto modo, lo que muy humildemente, muy pacientemente trata de buscar el monje. De otro modo, por otro camino, por el largo rodeo del esfuerzo por purificar su alma. Penosamente. Pero a pesar de todo se puede decir que el monje aprendió la lección de ella. El Evangelio le descubrió su modo de orar al mostrarle el misterio de María.

e) La que espera

Un aspecto característico de la espiritualidad monástica antigua es el acento sobre la esperanza. Apoyada sobre un misterio de presencia y de distancia de Dios vividos simultáneamente, es como el clima indispensable del modo monástico de buscarlo. La presencia palpada en la fe, en la oración, en la obediencia, en el silencio, junto con la ausencia de ese Dios invisible y lejano que se escapa de la mirada y de toda experiencia sensible.

La esperanza es uno de los temas casi necesarios de los escritos monásticos. Aunque con frecuencia no lo traten directamente, se lo descubre con facilidad bajo expresiones muy diversas. Pensemos, por ejemplo, en el prólogo de la Regla de san Benito o en la primera Conferencia de Casiano. Pero no solamente las obras monásticas, sino toda la vida del monje antiguo nos habla de la esperanza, incluso en los detalles más pequeños de su jornada. Su hábito, su comida, sus lecturas, sus preocupaciones espirituales, su esfuerzo ascético, todo nos está diciendo que ha tomado muy en serio aquello de que pasa la figura de este mundo, de que somos ciudadanos del cielo, no de esta tierra.

Esta espiritualidad con un notable acento sobre la esperanza, evidentemente basada en numerosos textos bíblicos, y heredada de las primeras generaciones cristianas, tuvo en la persona de María su realización concreta. María, antes de la Encarnación, resume la esperanza del pueblo judío, de toda la humanidad, de todo el universo que espera oscuramente la venida del Salvador. Y María, después de la partida del Señor, resume también todo el deseo de consumar el encuentro con el Señor en la eternidad. Nadie como ella ha esperado la venida del Señor, ni el momento de su partida hacia El. Su vida se divide en dos períodos de inmensa esperanza, interrumpidos por los años de presencia.

María es la Madre de la esperanza, es el signo de una esperanza invencible, tan firme en los momentos de paz del retiro de Nazareth como en los momentos de oscuridad, cuando caían las sombras de la tarde del primer Viernes Santo. María es la realización anticipada y perfectísima de la esperanza de la Iglesia. Por eso los monjes, cuando asumen en su vida, con tanto rigor, este aspecto fundamental de la vida cristiana, cuando hablan con tanta insistencia de la necesidad de vivir con los ojos puestos en el cielo, no hacen sino acercarse al misterio de María. El amor del monje, como el amor de María se expresan por medio de la esperanza. Y entre el amor y la esperanza, la paz 12 .

f) Virgen

Llamar a María “Santísima Virgen” es algo tan común para nosotros, que corremos el riesgo de olvidarnos de que estamos haciendo el elogio más grande que podemos hacer de la virginidad. Hasta pareciera que hacemos de ella la prerrogativa más importante, la prerrogativa por excelencia de María. Sabemos, sin embargo, que no es así, que lo más grande en María es ser Madre de Dios, que su maternidad se engarza como piedra preciosa en el marco de la virginidad. Virgen y Madre. Los dos títulos se complementan y nos conducen a lo más profundo del misterio de María. Pero, a pesar de todo, la intuición o el instinto cristiano de los fieles descubrió, quizás, que el primero de los títulos es algo, en cierto modo, más próximo a nuestra pequeñez, algo más fácil de pronunciar, antes de inclinarnos ante el misterio de la maternidad. Lo cierto es que María es, desde hace siglos, la Virgen, la Virgen por antonomasia, la Santísima Virgen.

La virginidad, como un modo de consagrarse a Dios, tiene una historia en la Iglesia tan antigua como ella misma. Ya en san Pablo aparece un esbozo de este tipo de consagración. Al aparecer la vida monástica, el valor espiritual de la virginidad es captado inmediatamente. Esta, o si se quiere, el celibato, que para el caso tiene un valor semejante, es considerada como un presupuesto necesario de la vida monástica, como una preparación a los dones de Dios, como una expresión muy clara de ser exclusivamente de Dios 13 . No es posible admitir seriamente otras razones decisivas para explicar el celibato en la vida monástica sino el deseo de prepararse a la venida del Señor, de ocuparse totalmente de las cosas del Señor, como dice san Pablo. El celibato es un modo que tiene el monje de decirle al Señor que quiere tomar muy en serio esa repetición suya tan exigente: “todo tu corazón, toda tu alma, todas tus fuerzas, toda tu mente”. El celibato o la virginidad es, para el monje, una actitud de preparación, de espera. Como para la Santísima Virgen. Y puesto que toda la vida del monje es una preparación para la venida del Señor, por eso el celibato o la virginidad no significan para él un estado en el que se está más libre para trabajar en tal o cual actividad, sino un corazón más libre para esperar al Señor. Como la Santísima Virgen.

Recordemos que, etimológicamente, la palabra “monje” tiene una estrecha relación con el sentido de las palabras “virgen” o “célibe”. Monje, monachos, es el que vive solo, el solitario. Y la primer soledad es la de no tener esposa o esposo. Nuestra expresión “soltero”, no es sino una derivación de la palabra “solitario”. Ser monje, ser solo, implica ser célibe, vivir virginalmente. Ciertamente que esto, considerado en sí mismo, no es lo más importante de la vocación monástica; mucho más importante es la entrega positiva a Dios. Sin embargo, la intuición o el instinto cristiano de los primeros siglos, como en el caso de María, prefirió designar al monje justamente con aquella palabra que expresaba la soledad de su virginidad, por aquello que más fácilmente se entendería como signo de una vida cristiana que se iba a caracterizar por una entrega total a Dios.

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