MARÍA Y LA VIDA CRISTIANA

¿Qué papel desempeña la Santísima Virgen en la vida del cristiano? Si esta pregunta se hubiera formulado en otro tiempo, no digo en otro siglo sino solamente hace algunas décadas o, quizás, algunos años, hubiera parecido, sin duda, superflua. Hubiera sido como plantearse un problema cuya solución se sabe casi instintivamente, cuya solución se aprendió junto con los rudimentos de la fe y fue creciendo, fortaleciéndose y haciéndose connatural en nuestra vida. ¿Qué cristiano se hubiera imaginado hace algún tiempo que podía existir siquiera la sombra de una dificultad para rezar, después del Padre Nuestro, el Ave María?

Hoy, sin embargo, después del momento luminoso del Concilio, el misterio de María parece entrar, para muchos cristianos, en un cono de sombra. El proceso religioso que parece con alguna frecuencia en el cristiano de hoy, y que no consiste ciertamente en un verdadero progreso hacia formas mejores o en un limpio retorno a las fuentes, parece darse también en relación al misterio de María. El papel de la Virgen en la vida cristiana es, en muchas partes, si no abiertamente negado, por lo menos discutido, debilitado, o complicado por consideraciones mas o menos teológicas.

Muchas razones y de muy diversa índole se esgrimen para justificar este fenómeno. Quizás la más notoria sea la constatación de graves desviaciones teológicas de la devoción mariana. Es cierto. Hay que reconocer que en la historia de la mariología aparecen con alguna frecuencia expresiones y comparaciones que, tomadas al pie de la letra, son incorrectas, abusivas, y hasta francamente erróneas 1 . Hay que reconocer también que en los últimos tiempos se ha visto, cada vez con mayor claridad, la necesidad de afinar las expresiones teológicas y de corregir los errores. De hecho, el Concilio ha rectificado no pocas posiciones dudosas. Pero también hay que reconocer que es importantísimo para el cristiano no perder la riqueza incalculable de una doctrina mariológica sana so pena de perder el verdadero sentido cristiano. Hoy se corre el riesgo de arrojar juntamente el oro con la escoria, siguiendo el camino de los luteranos de los primeros tiempos de la Reforma, según el testimonio del mismo Lutero. “Antaño -dice éste- rezábamos tantas jaculatorias y rosarios a María; pero ahora dormimos tan profundamente en la oración a Cristo que no rezamos ni una vez al año” 2 . Terrible confesión que pone de manifiesto una verdad indiscutible: la vida cristiana, sin la presencia de María, deja de ser, poco a poco, una vida verdaderamente cristiana. Misteriosa necesidad de una presencia que es siempre indispensable recordar.

En los primeros siglos de la era cristiana esta presencia es, ciertamente, menos visible, pero no menos necesaria. Recordemos cómo aparece María en la historia de la Iglesia: ella es como la sombra luminosa de la realidad humana del Salvador. El plan de la Redención no se concibe sin un Redentor nacido de una madre perteneciente al género humano. El Señor es nuestro Redentor porque nació de María; es nuestro hermano porque nació de María. Se puede decir que toda la Redención pasa por María, que ella es el punto donde entran en contacto el cielo y la tierra, como nos lo recordaba el Oficio de Navidad. Para acercarnos al Señor, a Cristo, para ser cristianos, tenemos que ver en El al Hijo de Dios y al Hijo de María: sin la referencia a Dios el cristianismo es un absurdo, y sin la referencia a su Madre, Cristo va no sería nuestro hermano. No nos animaríamos a llamar a Dios “Padre” si no pudiéramos llamar a María “Madre”. Porque somos hijos de María, somos hermanos de Cristo, somos hijos de Dios. Así como Cristo es Dios y hombre, así el cristiano es hijo de Dios e hijo de María.

Así nace la mariología, con un fuerte acento soteriológico. No podemos aquí resumir las numerosas expresiones de los primeros escritores cristianos sobre este tema. Recordamos simplemente como ejemplo una de las más antiguas de ellas: “Uno es el médico -escribe con concisión balanceada san Ignacio de Antioquía- de carne y de espíritu, engendrado e ingénito, Dios hecho carne, vida verdadera en la muerte, de María y de Dios 3 .Estamos en el siglo II. El misterio de María comienza como un dato teológico necesario y a la vez como una realidad vital y vivificante de la vida cristiana. En el siglo III, en Oriente especialmente, pero también en Occidente, van apareciendo con frecuencia creciente escritos sobre María, composiciones poéticas en su honor, oraciones dirigidas a ella 4 . Entre estas últimas, aparece ya un esbozo del “Sub tuum praesidium” como las primicias de la devoción popular mariana 5 . Ya en el siglo IV habría que citar a casi todos los Padres como autores que se ocupan seriamente de María.

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