MARÍA Y LA VIDA MONÁSTICA

Es en este período de crecimiento y desarrollo de la conciencia cristiana sobre la importancia del misterio de María, en el que aparecen en la Iglesia las primeras manifestaciones del monacato. En éste, contrariamente a lo que podía haberse esperado, no se descubre un entusiasmo por la Santísima Virgen, semejante al que se trasluce en los escritos de los grandes Padres de la Iglesia contemporáneos. ¿Cómo se explica que suceda esto? Lógicamente los monjes, dedicados por su misma vocación a una interiorización mayor de la vida cristiana, debieron haber descubierto muy rápidamente la importancia de María. Pero, hay que reconocerlo, no fue así. Las primeras generaciones de monjes, justamente las que viven en el período que se ha llamado siglo de oro de la vida monástica, casi no hablan de María. ¿Es acaso posible un cristianismo sin María, o una verdadera vida monástica al margen de su misterio?

Aquí surge casi espontáneamente el recuerdo de las críticas a la vida monástica que la acusan de ser una desviación de la verdadera vida cristiana, desviación impulsada por corrientes filosóficas o religiosas ajenas al cristianismo, como el platonismo o el maniqueísmo. La vida monástica sería una forma de gnosis de la que la Iglesia se ha ido liberando poco a poco a lo largo de la historia, y ese origen espurio sería lo que explicaría la ausencia tan grave de María, justamente en sus orígenes.

Es cierto que este tipo de crítica no resiste a un examen serio. La vida monástica tiene un fundamento evangélico que nadie puede negar. Lo han proclamado existencialmente largas generaciones de monjes santos antes que los Panas Y los estudiosos de la espiritualidad monástica de este siglo, y hasta el mismo Concilio Vaticano II 6 , se ocuparan de aclararlo. Pero justamente esta certeza de que la vida monástica tiene un fundamento evangélico es algo que nos tiene que hacer reflexionar profundamente sobre la ausencia de María.

Hay un hecho que quizás sea de capital importancia para comprender la relación de la vida monástica primitiva con el misterio de María. Partimos de una realidad: los monjes de los primeros siglos están, si se puede hablar así, aparentemente atrasados en la comprensión explícita de la importancia de María, respecto de los Padres contemporáneos. Recordemos, como un simple ejemplo, la ausencia de María en la Regla de san Benito 7 . Pero sucede algo insólito: en cuanto los monjes comienzan a descubrir la presencia de María se produce una reacción muy grande. La espiritualidad monástica recibe íntegramente el aporte de la espiritualidad mariana como algo connatural, como algo que le pertenece. Se tiene la impresión de que este encuentro es algo que se estaba preparando de antemano, algo que se venía gestando profundamente.

Si recorremos rápidamente los nombres de los grandes mariólogos de la Alta Edad Media en adelante, descubrimos que la’ gran mayoría han sido monjes. Limitándonos a Occidente, pensemos en Beda el Venerable, Ambrosio Aupert, Pablo Diácono, Alcuino, Walafrido Estrabón, Rabano Mauro, Pascasio Radberto, Odilón de Cluny, Pedro Damián, Anselmo de Cantorbery, Eadmero, Ruperto de Deutz, hasta llegar a Bernardo de Claraval con todos sus sucesores 8 . Fue ante todo en el clima de los monasterios donde brotaron y cristalizaron las antífonas más inspiradas, como el “Alma Redemptoris Mater” y la “Salve Regina”; donde se afirmaron y consolidaron las grandes formas de devoción a la Santísima Virgen, como el Oficio Parvo; donde se pronunciaron y se escribieron expresiones de confianza, de amor, de admiración inigualables. Recordemos, por ejemplo, la delicadeza espiritual y la belleza maravillosa de un “respice stellam, voca Mariam” del sermón de la Natividad de san Bernardo.

Recorriendo las obras monásticas medievales sobre la Santísima Virgen, se tiene la impresión de que el monje está destinado connaturalmente a un amor especial por María, como si su profesión misma lo llevara a ello, como si su vocación estuviera implicada en el misterio de María. Porque parece difícil que el amor a María brotara con tanta pujanza en el terreno monástico si éste no hubiera sido una tierra de elección y no hubiera estado preparado especialmente para ello. Y esto nos parece de capital importancia.

Cada vocación tiene algo que no se da del mismo modo en las demás. La vocación monástica, como toda vocación cristiana, tiene algo propio, algo original, algo que supone de parte de Dios, la gracia de una luz particular, y de parte del monje, una respuesta a una exigencia propia. Es una vocación. Por eso, si nos preguntamos si existe cierta connaturalidad entre la vocación monástica y el misterio de María, pensamos en una relación especial con ella. Sin duda, el núcleo de la fe del monje en el misterio de María es el mismo que el de todo cristiano, pero también cabe la posibilidad que Dios lo haya llamado a vivirlo de un modo especial.

Al investigar la relación que puede existir entre el misterio de María el monje, es necesario, aunque sea provisoriamente, ponerse de acuerdo sobre lo que entendemos por éste. Sabido es que la expresión ha recorrido muchos siglos y que existe cierta imprecisión en el sentido que se le da. Aquí, por “monje” entendemos lo que la antigüedad comúnmente entendía. Para decirlo con las palabras de un viejo monje, san Máximo el Confesor, ‘, monje es aquel que ha apartado su espíritu del mundo material para unirse firmemente con Dios por medio del dominio de sí, de la caridad, del canto de los salmos y de la oración” 9 . En otros términos, monje es aquel que se ha consagrado a la búsqueda de Dios en una vida de ascesis, en la que se incluye silencio, soledad, trabajo, etc., y en una vida de amor, en la oración 10 . Los autores antiguos no hablan de ninguna otra finalidad de 1,9 vida monástica. Nosotros tampoco la agregamos. Por eso nos animamos a decir que identificamos monje con contemplativo, con tal que despojemos al término contemplación de todo lo presuntuoso o vanidoso que pudo agregarle la pequeñez de los hombres, y que lo entendamos como la actitud más noble y humilde de que es capaz el corazón humano. Así, pues, nos preguntamos qué papel desempeña la Virgen en la vida del monje, de ese cristiano que, respondiendo a un llamado de Dios, ha consagrado su vida a buscarlo en el silencio, en el trabajo, en la oración. 11

Lo que nos dice el Nuevo Testamento sobre la Santísima Virgen es cuantitativamente reducido: la historia del nacimiento del Señor, alguna que otra frase a lo largo del Evangelio, alguna alusión en san Pablo, y su presencia en la cruz y en la Iglesia naciente. Pero esas pocas frases han tenido una fecundidad espiritual inconmensurable, han descubierto un aspecto profundísimo del misterio de Cristo.

Decíamos que el misterio de María es imprescindible para el cristiano porque está implicado en el misterio de la Redención. Pero María, por ser Madre del Señor es ella, en persona, un camino hacia el Señor, hacia su conocimiento y amor. María nos manifiesta un aspecto de Cristo, una faceta importantísima de su persona. Es como un prisma que permite descubrir la riqueza de colores que se oculta en la luz blanca. Todos los santos tienen el papel de mostrarnos un modo como es posible imitar al Señor, pero la Santísima Virgen, colocada en el vértice de los testigos del Amor, tiene por excelencia esa misión de mostrarnos en su persona la realidad de Cristo. Por eso, cuando miramos hacia la Virgen descubrimos algo de Cristo. Hablar con ella es como hablar con el Señor a través de ella. Escucharla es como oír la voz de su Hijo.

Sin embargo, el diálogo con María tiene un carácter muy particular. Cuando nos habla, no lo hace exponiendo una doctrina ni instruyéndonos con un sermón sino con el lenguaje más elocuente que suelen emplear las madres, con su vida, Con sus actitudes, con su silencio, con su amor. De ahí que si queremos oír ese lenguaje nos hace falta una gran dosis de atención. Cuando es ella la que escucha, la que recibe nuestra oración, nuestro amor, nuestra vida, lo hace también de un modo que le es propio, lo hace como nuestra madre, con todo lo que supone la atención de una madre. En ambos casos, ya sea que escuchemos o que hablemos, el diálogo no es simplemente con una madre sino con la Madre del Señor, y este genitivo determina decisivamente nuestra conversatio: María es del Señor, y nuestra participación en el misterio de María es también una participación en el misterio que une la humanidad con la divinidad.

El monje, llamado por el Señor a seguirlo muy de cerca, tiene su caminotrazado por El, debe imitar un aspecto de su vida. Este aspecto, nos parece, se asemeja decididamente al aspecto que Cristo nos ilumina en el misterio de María. Si esto es verdad, la vocación del monje es fundamentalmente un diálogo con María, en el sentido más profundo de la expresión.

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